Bienvenido a este blog

Este blog de microfinanzas comenzó a actualizarse el 1 de febrero de 2008 y se cerró el 30 de noviembre de 2015.
Mostrando entradas con la etiqueta Universidad de Buenos Aires. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Universidad de Buenos Aires. Mostrar todas las entradas

viernes, 26 de septiembre de 2014

Solidaridad y renta, en los intersticios de una economía globalizada

Mesa de discusión sobre "La otra economía, la social y solidaria" en Buenos Aires
(foto: Mundo Microfinanzas)

(Mundo Microfinanzas) Un debate sobre la viabilidad de formas económicas alternativas al capitalismo y una pequeña ventana a los desafíos de la Argentina que viene -a poco más de un año del recambio presidencial y, posiblemente, del ciclo político del kirchnerismo- tuvo lugar este martes en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE), de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El panel, titulado “La otra economía, la social y solidaria”, fue organizado por la cátedra abierta Plan Fénix, oportunidad en la que también se presentó el último número de la revista Voces en el Fénix, dedicada precisamente a la ESS en Argentina y América Latina.

La discusión, presentada por catedráticos de Plan Fénix, fue animada por José Luis Coraggio, profesor emérito y director de la Maestría en Economía Social de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS); Adhemar Bianchi, director del grupo de teatro comunitario Catalinas Sur; el sociólogo Alberto Gandulfo, coordinador de la Comisión Nacional de Promoción del Microcrédito (Conami), del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación; y Patricio Narodowski, director de la Maestría en Políticas de Desarrollo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y economista asesor del gobierno de la provincia de Buenos Aires.

El mayor interés que presentó el encuentro fue el cruce de miradas académicas, económicas y políticas sobre la factibilidad de la ESS en una coyuntura histórica problemática, donde los progresos de inclusión social en la última década parecen haber encontrado un límite duro de trasponer, marcado por los condicionantes estructurales de la economía argentina y la persistencia de una crisis económica global.

Si hubiera que resumir en pocas palabras la impresión que las ponencias de los expertos dejaron en los asistentes, ellas podrían ser: reticencias, escepticismo, sinsabor. Alguien que fue al evento dispuesto a conocer argumentaciones y evidencias a favor de horizontes promisorios para las formas económicas sociales y solidarias, tal vez se haya retirado algo decepcionado. Y si alguno asistió con la idea de hallar eco a presupuestos filosóficos colectivistas, con nuevas o viejas utopías de izquierda, es probable que en su pensamiento se haya planteado algún tipo de “interferencia pragmática”.

Definitivamente, la economía social y solidaria no parece ser lo que se viene en Argentina.

Al menos si uno se guía por lo que escuchamos del panel. El amplio y diverso contenido que ofrece el último número de Voces en el Fénix seguramente habilite otras interpretaciones. Pero en lo que hace al debate del martes, los interrogantes prevalecen sobre las certezas. Al punto que la experiencia del grupo Catalinas Sur, bien concreta y con larga trayectoria, quedó algo desplazada del intercambio con que -más soterrado que frontal- devino al final la discusión y que podríamos expresarlo en términos de “la polémica por la renta”.

Coraggio abrió el panel recordando la bancarrota argentina de los años 2001-2002, momentos en que hace eclosión la economía social y solidaria. Pero lo que prometedoramente se inició bajo la forma de asambleas de vecinos, plazas de trueque, monedas sociales, e incluso tomando ramas de la producción por medio del movimiento de fábricas recuperadas por sus trabajadores, no tardó en desvirtuarse y mimetizarse con la lógica comercial (criticó, por ejemplo, el despliegue de un mercado de microcrédito exento de toda preocupación social). De acuerdo con Coraggio, la magnitud de esta economía desbordó la capacidad del Estado que, más allá de algunas buenas iniciativas (mencionó el caso de las ferias francas en algunas provincias), no ha podido ir más allá de prestaciones asistenciales. “Sigue siendo un  mercado para pobres, no solidario, mercantilizado”, sugirió el académico.

Y se preguntó por la índole de lo económico, ¿generar dinero o satisfacer necesidades? Valoró el interés creciente de las universidades por este sector y exhortó a profundizar la investigación, con más datos duros, acerca del papel estructural que está cumpliendo la ESS en el marco general de la economía. Finalmente propuso la idea de una “economía plural”, capaz de dar respuesta a exigencias de productividad, desarrollo y globalización, sin perder capacidad de construir tejidos sociales y atreverse a una lucha contra-hegemónica, contra el sentido común. Pero, según él, no hay un modelo institucional “llave en mano” de la ESS, sino que hay que atravesar una transición, con diversas modalidades en coexistencia.

Bianchi, a su turno, presentó la experiencia del grupo Catalinas Sur. Este artista uruguayo dirige la organización desde hace treintaiún años, afincada en el barrio de La Boca, a la que no duda en considerar un “laboratorio” social y comunitario. Toda su producción cultural no persigue lucro personal: todos los ingresos se reinvierten en el grupo y la comunidad de vecinos que lo sustenta. No hay divisiones sociales y conviven todas las edades.

A los cerca de cincuenta grupos de teatro ya formados se suman iniciativas de radio comunitaria, formación, cooperativas de vivienda, bandas de música, intercambio de saberes, “cultura viva”, en palabras de Bianchi, “para que no sea sólo los planes del gobierno sino lo que surge autogestionariamente de las comunidades”.

“Metimos al Estado en las microfinanzas”

Gandulfo, en tanto, defendió la política del gobierno nacional en la última década y destacó los progresos en materia social y de economía solidaria. Aportó números contundentes: 477.588 microcréditos otorgados (anunció que en octubre se entregará el número 500 mil con un acto que encabezará la presidenta Cristina Fernández de Kirchner), 270.848 unidades económicas apoyadas, 7.118 promotores de microcrédito, 11 mil monotributistas sociales, 400 mil agricultores familiares y más de 900 millones de pesos invertidos en ESS. “Desde la política dimos respuesta a las necesidades sociales y discutimos la distribución de la renta en Argentina”, celebró.

Coincidiendo en este caso con Coraggio, se mostró crítico con los modelos de microfinanzas surgidos al calor de la crisis de comienzos del siglo. Dijo que, antes de la intervención del gobierno en este mercado, había unas 50 organizaciones que aplicaban “la metodología de Yunus”, cobrando tasas de interés del 40 o 50 por ciento. “Nosotros metimos al Estado en las microfinanzas”, subrayó Gandulfo, y apuntó que hoy en el país operan más de 1.600 organizaciones ejecutoras que intermedian el financiamiento a microemprendedores, con tasas de interés subsidiadas del 6 por ciento. Al final de su intervención apuró otras consideraciones: la necesidad de resignificar la ESS en el contexto de la integración latinoamericana y el proyecto del Banco del Sur; el “trabajador consumidor” como sujeto social prioritario de la ESS (adelantó la iniciativa de masificar este mercado a través de moneda electrónica); y las dificultades y contradicciones que este modelo encuentra cuando se baja al territorio.

Narodowski, finalmente, propuso una reflexión que pivoteó sobre el eje de la facturación, la productividad y los ingresos generados, tomando como base su experiencia de investigación en algunas barriadas bonaerenses. Planteó sus dudas sobre la sostenibilidad de la ESS “en un país en desarrollo, periférico, con graves problemas estructurales y dentro del capitalismo globalizado actual”. Sugirió, en cambio, analizar qué pasa eslabón por eslabón en las cadenas globales y trabajar sobre la productividad en la esfera de lo que prefiere denominar “economía popular”. El académico no observa reciprocidad, sino reflexividad, y, matizando a Gandulfo, opina que la batalla por adecuar consumo a la producción está, al menos en el corto plazo, perdida.

El asesor del gobierno bonaerense propuso una definición de economía popular curiosamente defectiva, como “el conjunto de procesos de producción y consumo, así como cualquier otro tipo de actividades de intermediación y servicios, cuando éstas se realizan fuera de la órbita del mercado de trabajo, es decir, sin patrón, y siempre que no se cumplan las lógicas de acumulación de capital y reparto”. Y, de cara a la agenda del próximo gobierno, se mostró inclinado a revisar las políticas sociales actuales y poner mayor acento en la competitividad de los pobres (en las intervenciones finales del público, uno de los asistentes llamó a la posición defendida por Narodowski como de “neo-ricardianismo popular”).

Para el cierre del debate, no faltaron algunas preguntas y consideraciones del público que se salieron un poco de los códigos de cortesía que suelen guardar entre sí los panelistas. Un joven, notoriamente identificado con las políticas del gobierno nacional, reprochó a Coraggio que en un paper para Naciones Unidas haya tildado de populistas, próximas a cierta corrupción asociada al manejo clientelar de fondos públicos, a algunas políticas sociales implementadas en América Latina en la última década, señalando que tal opinión era más propia de Mauricio Macri (el alcalde de Buenos Aires, identificado con la centro-derecha ortodoxa, en carrera para las presidenciales de 2015).

Coraggio zafó como pudo de la chicana, afirmando que habría que revisar la frase en un contexto mayor de argumentación. Lo interesante es que el chisporroteo hizo volver a intervenir a Narodowski, quien enrostró al joven que hay otras críticas que pueden hacerse al clientelismo que no son sólo las de Macri (el gobernador bonaerense, Daniel Scioli, que encarna una variante “centrista” dentro del kirchnerismo, es otro de los candidatos posicionados para las elecciones del año próximo). Pequeñas ventanitas para asomarse a la Argentina que viene.

Referencia

Voces en el Fénix n° 37 “La estrategia del caracol” (Plan Fénix, Facultad de Ciencias Económicas, UBA, agosto de 2014, Buenos Aires). La edición ofrece el siguiente contenido:

Los sentidos de la economía social (José Luis Coraggio)
Los derechos de la naturaleza: fundamento para otra economía (Alberto Acosta)
Las políticas públicas para la economía social y solidaria: cuestiones en debate (Susana Hintze)
La solidaridad económica en México: hacia el impulso de políticas públicas orientadas al Buen Vivir (Boris Marañón y Dania López)
Economía feminista y decolonialidad, aportes para la otra economía (Natalia Quiroga Díaz)
Economía y reciprocidad: las redes del software libre (Pablo A. Vannini)
No habrá otra economía… sin soberanía alimentaria (Luis Caballero)
La agricultura familiar campesina e indígena y la economía popular (Tomás Del Compare)
Economía social y solidaria, Uruguay en debate (María Isabel Andreoni)
Las nuevas formas de organizaciones de economía social y solidaria promovidas desde el Estado de Venezuela (Benito Díaz Díaz)
La economía solidaria avanza decididamente (Alejandro Rofman)
La micro de la economía popular (EP): capacidad de trabajo e ingresos en casos seleccionados (Patricio Narodowski)
Relaciones sociales, reciprocidad y mercado. Los asentamientos populares (María Cristina Cravino)
Los movimientos por la vivienda y el hábitat popular en Argentina y América Latina (Raúl Fernández Wagner)
Las finanzas solidarias en Argentina y América Latina: modalidades y políticas (Ruth Muñoz)
Sistemas tecnológicos para el desarrollo inclusivo sustentable (Hernán Thomas y Lucas Becerra)
¿Son sostenibles los emprendimientos asociativos de trabajadores autogestionados? Algunas reflexiones a contramano del sentido común (Gonzalo Vásquez)
La extensión universitaria y la economía social (Daniel Maidana)

miércoles, 2 de julio de 2014

Alianza interuniversitaria Brasil-México-Argentina por el desarrollo regional

Representantes de las tres universidades, reunidos en Buenos Aires
(foto: UBA)

(Mundo Microfinanzas) Tres de las más prestigiosas universidades de América Latina han creado una mesa de trabajo cuyo objetivo es la definición de una agenda conjunta vinculada a temas estratégicos para el desarrollo regional.

La Universidad de São Paulo de Brasil (USP), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad de Buenos Aires (UBA) decidieron reforzar vínculos y comenzar a trabajar en una alianza por el desarrollo de América Latina, en su conjunto, y el de los países miembros, en particular, a través de la integración académica y cultural y de diferentes acciones de complementariedad que busquen promover la calidad universitaria.

Representantes de las tres casas de educación superior se reunieron los días 26 y 27 de junio en Buenos Aires, dando continuidad a una propuesta conversada por los rectores Alberto Barbieri (UBA), José Narro Robles (UNAM) y Marco Antonio Zago (USP), reunidos en mayo pasado en Madrid.

El encuentro en la capital argentina contó con la participación del secretario de Relaciones Internacionales de la UBA, Gabriel Capitelli; el responsable de la Secretaría de Planificación Estratégica y Proyectos Institucionales de la UNAM, Héctor Hernández Bringas; y el presidente de la Agencia de Cooperación Internacional de la USP, Raúl Machado. Allí se decidió que la carta de presentación de la Alianza sea en el marco de la cumbre de rectores de universidades iberoamericanas, que tendrá lugar a fines de julio en Río de Janeiro.

Machado describió la conformación de la alianza como un suceso “histórico”, en tanto Capitelli consideró que “este proceso iniciado por los rectores en su reciente encuentro será recordado como un hito de la cooperación académica y cultural de la región”. Por su parte, Hernández Bringas reconoció que “hace mucho tiempo la UBA, la USP y la UNAM tenían pendiente un proyecto de este tipo”.

En la reunión de Buenos Aires participaron también, por la UBA, la secretaria de Asuntos Académicos, Catalina Nosiglia; el secretario de Posgrado, Daniel Sordelli; el subsecretario de Planificación, Marcelo Rodríguez Fermepin; y el subsecretario de Relaciones Internacionales, Juan Carlos Briano.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El dinero en manos de los pobres: Estigma y otras discontinuidades


(Mundo Microfinanzas) Mary, una laboriosa habitante de Villa Olimpia, en las barriadas populares del oeste del Gran Buenos Aires, suelta un par de frases que podrían funcionar como epígrafes de todo proyecto que aborde críticamente el rol del crédito en los sectores más pobres de la sociedad, en su riesgosa y dramática frontera de solución/problema, remedio/enfermedad:

- “No tenemos ahorro pero tenemos deudas”

- “Con las chapitas [por las tarjetas de crédito] vivís, pero no respirás”

Más que deslindar estas fronteras, las frases de Mary parecen fundirlas. El resultado de las adversativas, en ambos casos, es paradójico. No sabemos de qué lado del “pero” está la parte más atenuada de la afirmación, ni si hay alguna involuntaria ironía.

Pero atención, sólo estamos frente al dinero prestado, una de las tantas piezas que conforman el rompecabezas del mundo popular latinoamericano, si utilizamos al dinero como vector para el análisis.

El ejercicio de unir cada partecita y reconstruir la totalidad de ese “laboratorio del dinero” ha sido el objetivo de Ariel Wilkis, director de la carrera de Sociología de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam), de Argentina, en su libro Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular, publicado por Paidós.

“En el D.F. mexicano, en La Paz o en el Gran Buenos Aires, los mercados populares están repletos de mercancías y de dinero, que se funden con los sueños y las esperanzas de las miles de personas que transitan por sus calles y sus puestos precarios. En mercados como Tepito, El Alto o La Salada se respira una misma atmósfera, impregnada de las expectativas de ganar y de gastar dinero”, dice el autor en la introducción.

Esta energética del dinero se palpa en cada página del libro.

La investigación propone un recorrido por cada uno de los eslabones de la sociabilidad económica del pobre (eslabones sólo en un sentido analítico, pues en la práctica las piezas se solapan, se complementan, y a veces colisionan). El propósito es ver cómo funciona cada una de estas piezas, los vínculos, jerarquías, negociaciones y compromisos que ponen de manifiesto, así como sus expresiones en tanto “unidad de cuenta moral”, ya que el dinero se ve aquí en sus positividades, como fuente de reconocimiento de virtudes.

Es decir, no en su sentido de mediador abstracto e impersonal. El autor toma distancia y confronta contra la opinión según la cual el dinero es fuente de sospecha y corrupción (en la sociedad en general, pero particularmente en el mundo popular). El libro de Wilkis muestra que detrás de la simplificación y linealidad del estigma hay una trama compleja, que es necesario reconstruir si queremos entender a los pobres en su robinsoniana pugna por subsistir, por lidiar entre escaseces, pero también como consumidores, emprendedores y actores en el escenario de la llamada “globalización popular desde abajo”.

Armando piezas

Como “el zahir” del cuento de Borges, con cuya frase final se abre el libro de Wilkis (“quizás detrás de la moneda esté Dios”), o como la moneda de diez liras -podríamos agregar- que concatena las historias de El denario del sueño, de Marguerite Yourcenar, el dinero en el análisis del investigador argentino aparece en su circulación, en el roce y pasaje de una situación a otra en la vida cotidiana de los pobres. El texto puede leerse incluso como sucesivos dramas de situación, en el teatro social de las “villas” y barrios precarizados de la Argentina.

Villa Olimpia es un asentamiento recién urbanizado, poblado mayoritariamente por trabajadores paraguayos provenientes de distintas olas migratorias. Mary, una mujer de 58 años y veinticinco viviendo en la villa, es una de las informantes o “personajes” de cuyas vicisitudes se estructura el contenido del libro. Durante su trabajo de campo, el autor ha logrado ganarse la confianza de estas familias, insertarse en su medio y palpar la rudeza de sus contingencias. El libro es producto de la reflexión sobre esa experiencia.

¿Y cuáles son esas piezas de dinero?

El autor comienza por lo que llama el dinero donado, deteniéndose en los litigios morales acerca del dinero público. Señala la importancia del dinero público en la economía de los sectores más relegados en América Latina, sobre todo en los últimos años con la generalización de las transferencias monetarias condicionadas. Las sospechas que el uso de este dinero público despiertan en buena parte de las clases medias argentinas aún persisten, agudizadas a partir de 2009 con el lanzamiento de la Asignación Universal por Hijo, la política social emblema del gobierno. Para Wilkis, “los litigios morales que acompañaron la transferencia del dinero público en calidad de asistencia social lo convirtieron en un dinero donado”.

En conexión con esto, una arista tal vez más polémica: el dinero militado. El autor lo vincula con los avances en los procesos de democratización en la región. Es el dinero, también público, que tiene como contraprestación servicios de apoyo y militancia política. En Villa Olimpia gran parte del nervio del dinero militado pasa por Salcedo, especie de caudillo o “puntero” del partido de gobierno, eje por medio del cual se distribuyen estos recursos, con fuerte peso moral: a su alrededor se tejen redes de confianza, pero también de competencia, rivalidad y tensión. Como con la pieza anterior: si se soslaya la positividad que cumple el dinero militado en la dinámica de la economía popular, nos aproximamos a las impugnaciones recurrentes: clientelismo, compra-venta de voluntades, afirma el autor.

La pieza del dinero sacrificado, en tanto, nos lleva al terreno de la religiosidad popular, donde tienen intervención organizaciones tradicionales como Cáritas pero también otras más recientes, como las pentecostales, que desde la perspectiva de la sospecha están acusadas de “contagiar el individualismo y la mercantilización de la fe que manipula a los pobres”. Desde aquí se construye una subjetividad, que el autor llama el ethos caritativo, que compite con la mediación política y genera conflictos entre fuentes de reconocimiento de virtudes (“lo que repartimos no nos pertenece”, destacan sus cultores).

Con el dinero ganado vemos el perfil más clásico del emprendedor. Mary compra ropa en la popular feria nocturna conocida como La Salada, en el conurbano sur bonaerense, para luego venderla a crédito en Villa Olimpia. Sobre La Salada pesan los más variados anatemas: feria de lo ilegal, de las réplicas, lo “trucho” (que en lexicografía rioplatense designa lo falsificado). En esta pieza sale a flote el costado arltiano de los “personajes” de Wilkis: se sueña con containers llenos de mercaderías traídas de China para vender en las barriadas populares sudamericanas. El dinero ganado también está asociado con los valores de la independencia y la autoestima, en especial de la mujer: Marga, por ejemplo, ha logrado quebrar la dependencia económica de su marido instalando un negocio en su propia casa y superponiendo espacialmente lo comercial y lo doméstico (le fue bien con el proyecto y al final se separó). Pero también es dinero ganado mediante negocios ilegales: quiniela clandestina, mercado de bienes robados…

El capital moral

El dinero cuidado nos lleva a explorar el universo familiar, en la economía de los afectos. Es también el lugar preponderante de la mujer, en la gestión de recursos escasos (“matriarcado presupuestario”), y la regulación del rol de los hijos varones solteros, con su obligación de aportar al sustento del hogar. Se trata de una pieza que comporta concesiones y negociaciones, solidaridades y conflictos. Aparece el ahorro como estrategia prominente de cuidado. El parámetro moral para medir el derecho de entrada a las roscas o círculos comunitarios de ahorro. Y ese implacable scoring popular que se bate sobre quien defrauda al círculo (“si no se pone la plata, te hacemos la cruz”). En las clases populares, ahorrar es separar: “Cuando tenés la plata, te la gastás. Antes (…) todo mi sueldo se iba en regalos, soy muy regalera… Ahora va al círculo”, le confió Mirta, una almacenera de Villa Olimpia, al autor.

Y finalmente, el dinero prestado, esa especie de “memoria del futuro” que es el endeudamiento. En el endeudamiento popular cobra mayor nitidez la gravitación moral del crédito: sólo se presta a quien demuestra tener capital moral como garantía. Wilkis analiza ingresos y egresos monetarios de varias familias de Villa Olimpia durante un mes. Y detecta el peso, en algunos casos agobiante, que tiene la cancelación de deudas. El autor señala en tal sentido la explosión del financiamiento del consumo, que en Argentina se incrementó 23 veces de 2003 a 2012. Interesante además la distinción que propone Wilkis entre dos regímenes morales aplicados por establecimientos comerciales próximos a estos barrios: unos venden bienes de consumo financiados a clientes que supieron ganarse un capital moral; otros, enconados con sus vecinos tras los episodios de saqueos en la crisis de 2001, aplican el "pago adelantado", reservando el producto cuando el cliente paga la primera cuota y entregándolo una vez que éste cancela la última (curioso instrumento de pago consistente en “definir como sujeto de confianza no al deudor sino al acreedor”). Y también la distinción entre las agencias de crédito personal, que paradójicamente operan bajo el signo de la impersonalidad y lo expeditivo (los demandantes deben probar estabilidad laboral y residencial, mientras que las transacciones se aprueban o se descartan rápidamente), e instituciones de microcrédito que trabajan con la figura del “pobre meritocrático”, cumplidores, que oponen a su falta de garantías el capital moral (el autor menciona los casos de Banco Azteca y de Fie Gran Poder, que utiliza metodología microfinanciera boliviana con clientes en su mayor parte inmigrantes, en los barrios suburbanos de Buenos Aires).

De acuerdo con Wilkis, “la noción de capital moral permite comprender tanto esa dinámica de desigualdad en el acceso al crédito como mostrar su capacidad multiplicadora de capital económico”.

Lo importante es ver a todas estas piezas funcionando en su conjunto y en sus fricciones. Ninguna de ellas reúne por sí sola “todo el consenso de lo que posee valor”. En su recorrido, el investigador halló en el dinero un “instrumento de ruptura frente a las representaciones discontinuas del mundo popular. Me guió para no congelar formas de hacer, sentir y pensar”.

El resultado ha sido feliz. Uno puede asomarse a la intimidad de esas familias y reflexionar, junto con el autor, sobre la incidencia de lo monetario en las distintas facetas de la sociabilidad de los pobres. Uno también puede aprender a revisar lo que antes tenía como prejuicio. El enfoque del autor, sin embargo, resiste menos cuando se contrapone una lógica más general, no centrada en los códigos de la clase popular (difícil no ver como clientelismo político el intercambio de favores para determinada facción; difícil no ver el trasfondo violento en la circulación de objetos de los chorros, “quienes vendían lo que hurtaban fuera del barrio”). El texto de Wilkis puede ser leído perfectamente por no especialistas y no académicos, sin que ello vaya en detrimento de su profundidad. Es mérito de la escritura la amena combinación de registros y géneros que a la luz del discurso científico podrían verse como “menores”: la crónica periodística o la historia de vida, amalgamadas armónicamente con las convenciones académicas (mucha cita de la sociología y antropología francesas), el apunte etnográfico y, al final del libro, el esbozo programático de lo que podría ser una sociología subalternista e incluso -no sin alguna violencia epistemológica- una sociología latinoamericana.

El ensayo contiene gran parte del trabajo de doctorado realizado por el autor para la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París (Ehess) y la Universidad de Buenos Aires (UBA).

Referencia

Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular (por Ariel Wilkis, Paidós, 2013, Buenos Aires)

miércoles, 19 de febrero de 2014

Fábricas recuperadas: experiencias en América Latina inspiran a Europa

Instalación del encuentro en la fábrica Fralib, en Gémenos
(foto: Association Autogestion)

(Mundo Microfinanzas) En medio de la crisis de la zona Euro y cuestionamientos crecientes a la agenda de los gobiernos y del modelo económico en Europa, experiencias latinoamericanas surgen como puntos de referencia para la construcción de alternativas contra el desempleo y la lucha por la autodeterminación de los trabajadores en el viejo continente.

De acuerdo con un reporte de Nicolas Tamasauskas, publicado en portugués por el portal de orientación de izquierda Carta Maior ("Experiências latino-americanas inspiram europeus"), los ejemplos de empresas autogestionadas por sus operarios en América Latina ha constituido uno de los temas de discusión del Encuentro Regional para Europa y el Mediterráneo: La Economía de los Trabajadores, realizado los días 31 de enero y 1º febrero pasados en la ciudad de Gémenos, en el sur de Francia.

El encuentro tuvo lugar en las instalaciones de la fábrica de producción de té Fralib, subsidiaria de la multinacional Unilever, cuyas actividades están interrumpidas desde 2011, cuando sus propietarios decidieron trasladar la producción a Polonia, a fin de reducir sus costos laborales. La fábrica está hoy bajo el control de sus trabajadores y es objeto de disputa judicial.

Durante el encuentro se analizaron casos de fábricas cerradas y recuperadas por sus operarios en Latinoamérica, así como distintas investigaciones llevadas a cabo en universidades de esta región, evaluándose la viabilidad de este tipo de acciones colectivas en el contexto europeo.

El foro fue organizado por los propios trabajadores cooperados de Fralib, en conjunto con el Programa Facultad Abierta, de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires (UBA) y articulador inicial de estos encuentros internacionales, el centro de documentación Workers Control, el proyecto Officine Zero de Italia, el Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA), de España, y la Asociación de Solidaridad de la Región de Provenza con América del Sur (Aspas).

El reporte señala que cerca de 200 personas participaron del encuentro, entre trabajadores, militantes de la autogestión y académicos. El resultado fue un intercambio de experiencias y formas de movilización, y un consenso en torno a la necesidad de profundizar estos vínculos y la solidaridad entre los países.

Gerard Cazorla, operador de máquinas con 33 años de trabajo en Fralib, condujo a los visitantes extranjeros en una visita a la fábrica y resaltó que el contacto con protagonistas de las experiencias solidarias y autogestionarias en América Latina refuerza la confianza en el éxito de las tentativas de recuperación en Francia.

Si bien se pusieron a consideración algunos paralelismos, los participantes del encuentro coincidieron en destacar que siguen siendo notorias las diferencias entre los sistemas de protección social y acceso a derechos de los trabajadores en uno y otro continente. Aun sin conseguir producir, y a instancias de los reclamos judiciales, los operarios de Fralib fueron remunerados por Unilever durante parte de la ocupación y reciben seguro de desempleo, señala el reporte.

Menos ventajosa ha sido la experiencia en Grecia. Para Theodoros Karyotis, representante de la asociación de iniciativas solidarias Vio.me, un colectivo de trabajadores en Salónica, sería importante crear una red internacional más estable, que permita a estos emprendimientos apoyarse recíprocamente y crear una voz común.

Con 70 trabajadores, la situación de Vio.me es similar a la de Fralib. Después de un año sin cobrar salarios ni gozar de beneficios laborales, y sin poder acceder al sistema de subsidio al desempleo, los trabajadores decidieron ocupar la fábrica. La empresa, que producía materiales para la construcción civil, hoy ya no posee capital para continuar esa línea productiva y tampoco mercado. “La crisis en Grecia hace que la construcción civil esté totalmente parada”, dijo Karyotis.

Con todo, y bajo el control de sus operarios, la empresa comercializa en la actualidad productos de limpieza con insumos naturales, vendiéndolos de manera informal con apoyo de organizaciones solidarias en distintas ciudades griegas. Además, la cooperativa contempla la figura del “miembro solidario”, integrante de la comunidad que, al adquirir productos, tiene derecho a participar en la toma de decisiones del emprendimiento.

Uno de los países más afectados por la crisis de la zona Euro, Grecia ha visto el surgimiento de diversas experiencias de este tipo, según Karyotis. “Han surgido muchas cooperativas productivas y de consumo. También redes de intercambio y estructuras solidarias, como centros de atención médica gratuita”, aseguró.

Siempre de acuerdo con el reporte publicado por Carta Maior, los griegos propusieron durante el encuentro la creación de un fondo internacional de apoyo a estos emprendimientos solidarios, con recursos de las propias empresas recuperadas y cooperativas, iniciativa que recibió el apoyo de otros trabajadores y activistas, como Benoît Borrits, de la Association Autogestion de Francia.

A pleno vapor

Argentina llevó diversos ejemplos de autogestión. Florecientes en la profunda crisis que el país vivió a fin del siglo pasado y comienzos del actual, las fábricas recuperadas por sus trabajadores se consolidaron, funcionan a vapor pleno, con una importante movilización de operarios, apoyo de las comunidades donde están insertas y amparadas por mecanismos legales que habilitan el pasaje de la propiedad de la fábrica quebrada a sus trabajadores organizados en cooperativa.

Se discutió el caso de la cooperativa Textil Pigüé, localizada en una ciudad de 15 mil habitantes, a 600 kilómetros de Buenos Aires. La cooperativa ha sido depositaria de la escritura traslativa de dominio de bienes y medios de producción de sus anteriores titulares, la empresa textil argentina Gatic. La iniciativa fue presentada en Francia por uno de los operarios de Textil Pigüé, Francisco Martínez: “Este encuentro y este escenario nos recuerdan muchos momentos del inicio de nuestra lucha”. La cooperativa reúne hoy a 140 trabajadores cooperados.

En tanto, los brasileños Vanessa Moreira Sígolo, del Núcleo de Economía Solidaria (Nesol), de la Universidad de São Paulo (USP), y Flavio Chedid, del Núcleo de Solidaridad Técnica (Soltec), de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), compartieron resultados de un reciente relevamiento nacional.

Brasil posee 69 empresas recuperadas por trabajadores en funcionamiento, que actúan en diferentes segmentos como metalurgia, minería, industria textil y otros. El estudio As empresas recuperadas por trabalhadores no Brasil: Resultados de um levantamento nacional (2013) fue conducido por investigadores de diez universidades brasileñas, consolidado a partir de investigaciones de campo, entrevistas con trabajadores y análisis de los resultados.

“La investigación buscó ofrecer al público las experiencias de millares de trabajadores que, a partir de la lucha contra el desempleo, crearon formas colectivas y autogestionadas de producción y trabajo”, dijo Moreira Sígolo. Y aseguró que “las experiencias de autogestión son parte de la historia de resistencia contra la explotación del trabajo y hoy retoman su actualidad frente a las crisis sociales, económicas y ecológicas del capitalismo contemporáneo”.

Durante el encuentro en Gémenos también se presentaron experiencias y opiniones de trabajadores y académicos de México, Italia, España y Turquía.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Microcrédito y "mito-crédito": Variaciones Grameen en Argentina


(Mundo Microfinanzas) Para quien se proponga estudiar las distintas modulaciones que han adoptado las políticas públicas de microfinanzas en América Latina en las últimas décadas, no podrá pasar por alto la experiencia del Banco Popular de la Buena Fe, en Argentina. Una iniciativa que surge desde la sociedad civil tras la crisis de 2001-2002, inmediatamente incorporada como política social del Estado desde 2002 y durante todo el ciclo kirchnerista, de 2003 a la actualidad.

En esa exploración, el libro Microcrédito, relaciones personalizadas, economía y política. El crédito para los pobres, de Bangladesh a la Argentina, del antropólogo e investigador Adrián Koberwein, de la Universidad de Buenos Aires (UBA), emerge como insumo clave.

El enfoque antropológico (y semiológico) del libro -publicado en 2012- ayuda a observar el fenómeno microfinanciero desde una perspectiva poco transitada por los papers que nutren los principales debates de la industria en los últimos años. Allí, si bien se reconoce la condición inherentemente social de las microfinanzas, sigue prevaleciendo un sesgo economicista y de sostenibilidad financiera. En este libro, en cambio, el énfasis está puesto en conceptos como relaciones personales, valor (no en el sentido económico, sino social y político), confianza mutua, comunidad y proyecto (no sólo en el sentido empresarial sino, y sobre todo, político). El libro de Koberwein ayuda a desnaturalizar conceptos que suelen darse como incuestionables, resituándolos en un contexto de extrañamiento y desvelándolos en su carácter de vulgata, de lugar común. Este es quizás el mayor aporte del libro.

“La categoría de crédito, al estar sostenida por valores dominantes, por significados naturalizados, se nos presenta como no problemática. De esta manera, el crédito en sí mismo es bueno o, al menos, moralmente neutro”, dice el autor.

El texto está organizado en dos secciones, una primera que podríamos llamarla “bangladesí”, y una segunda “argentina”. En la primera el autor se luce en su faz de crítico del discurso dominante del microcrédito, erigido a partir de la experiencia pionera de Muhammad Yunus con el Grameen Bank y con un inequívoco centro ideológico: Washington. La segunda contiene el trabajo etnográfico del autor junto a miembros de algunos de los “banquitos” del Banco Popular de la Buena Fe. En mi opinión, la agudeza de la primera parte del libro y la sólida argumentación contra el microcrédito en tanto discurso hegemónico produce, en la segunda parte, un efecto algo decepcionante: el “Banquito”, como variante argentina de Grameen, se lee (el microcrédito es un lenguaje que construye sentidos, propone el autor) como la contradicción de prácticas financieras inspiradas por el mercado. Pero arrogándose una representación de “comunidad” y “Nación” que reclama, en consecuencia, la adhesión a un proyecto político asumido como totalizador (pomposamente, “Proyecto Nacional y Popular”).

Yunus, héroe mítico

El autor comienza por caracterizar lo que llama el “mito de origen” del microcrédito, enmarcándolo en una retórica neoliberal según la cual los microcréditos surgen como alternativa ante el fracaso del Estado por resolver el problema de la pobreza.

“Yunus relata en su biografía cómo logró que el Banco Mundial desembolsara recursos en forma directa hacia su banco, siendo que tradicionalmente es una institución que financia a través de los Estados nacionales”, señala Koberwein.

Yunus es, bajo esta perspectiva, un héroe mítico cuyo proyecto, en aquellos turbulentos años ’70, en Bangladesh, vendría a realizar el deseo neoliberal de suprimir al Estado como actor relevante en la administración de la cuestión social. La crítica se apunta menos al diseño original del proyecto de Yunus que a la ulterior apropiación que de esta experiencia hicieron los grandes jugadores de las finanzas mundiales. La mención del Banco Mundial no es ociosa. Se consigna además la temprana fascinación que el modelo Grameen despertó en Bill y Hillary Clinton, entonces en el gobierno de Arkansas, al promediar los años ’80. Y el apoyo que Yunus recibió de autoridades académicas como Joseph Stiglitz, la iglesia católica, Naciones Unidas, hasta la canonización del Nobel (2006).

Los textos de Yunus son lanzados internacionalmente (el microcrédito pasa a ser un producto “exportable”) al mismo tiempo que se construye esta mistificación y este discurso hegemónico sobre la pobreza. “La hegemonía produce sentido común”, dice el autor, apoyándose en Raymond Williams.

No nos vamos a explayar en el análisis semiológico de Koberwein sobre este corpus de relatos. Baste decir que se trata de “relatos ejemplificadores”, “ni verídicos ni falsos”, con una “unidad de estilo”: son simples, sencillos, incuestionables en su autoevidencia (“Nadie con buen sentido común podría negar que, dada su situación, es más beneficioso para Sufiya tomar un préstamo de Yunus, que tomar dinero de un prestamista usurero”).

Para el autor, hay en estos relatos una similitud invertida con ciertas teorías sobre el desarrollo:

“Si la noción clásica de desarrollo pretende llevar la racionalidad de mercado a los pobres y cambiar sus mentalidades, el microcrédito hace girar esta idea en 180 grados y, en vez de cambiarle la mentalidad a los pobres, propone cambiársela a los banqueros”.

Y luego: “… El mito del crédito como solución a la pobreza está apoyado en un circuito internacional de producción e imposición de ideas innovadoras… un proceso hegemónico”.

Citando a Lamia Karim, profesora de Antropología en la University of Oregon, el investigador argentino señala el interés del capitalismo por hacer del prestatario pobre un consumidor disciplinado:

“A través del microcrédito las personas pobres se han vuelto consumidores de productos de las corporaciones multinacionales, como por ejemplo teléfonos celulares, fertilizantes y pesticidas, cayendo además en la dependencia de estas corporaciones para la provisión de semillas para el cultivo y otros tipos de materias primas para la producción de bienes comerciales y de subsistencia. Según la autora, ni las ONG ni el Banco Grameen son agentes pasivos del capital. Son ‘activos productores de nuevas subjetividades y significados sociales’” (Demystifying Micro-Credit. The Grameen Bank, NGOs and Neoliberalism in Bangladesh, 2008).

Petición de Fe

Pero el libro promete una dialéctica que luego no cumple.

Desde sus primeras páginas, el autor presenta como hipótesis que la articulación de dos lógicas aparentemente contradictorias (la microfinanciera que busca un beneficio económico y la de política social, que propugna valores contrarios a la lógica mercantil) es posible porque la implementación de los microcréditos involucra una tercera lógica, la de las relaciones personalizadas, que juega un papel central en la producción de los derechos y las obligaciones entre prestadores y prestatarios de dinero.

La argentinización del modelo Grameen supondría, así, un experimento que balancea los beneficios del mercado y la promoción del Estado, iniciativa individual y solidaridad, estímulo y regulación, libertad y justicia social. Pero el Banco Popular de la Buena Fe, según lo muestra el libro, no tiene nada de esta síntesis y el componente de las “relaciones personalizadas” ya veremos en qué termina: mero mecanismo de domesticación ideológica, control social y alineamiento político.

“Como en toda versión de algo, hay elementos que se modifican, elementos nuevos y elementos que se mantienen del original”, dice el autor en relación a la adaptación vernácula del original Grameen. Entre lo que se mantiene, Koberwein destaca algunos rasgos formales de la metodología grupal: selección y monitoreo entre prestatarios; entrega escalonada del crédito; posibilidad de renovación con montos progresivamente mayores; cronograma de pagos frecuentes.

La principal innovación del Banquito es la impresionante estructura piramidal y jerárquica que contiene todo el andamiaje financiero. En el vértice superior de la pirámide está la máxima autoridad política del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación (el Estado es regulador y financiador del proyecto) y en su base se asientan los “banquitos” locales, distribuidos en toda la geografía nacional, con sus grupos de prestatarios. En el medio de esta estructura se ubican los referentes provinciales, designados por el gobierno nacional, y los promotores locales que suelen ser miembros de organizaciones de la sociedad civil, partidos políticos afines al gobierno e incluso entidades pastorales como Caritas. Las relaciones entre los estamentos no están exentas de tensiones, como el autor lo muestra en más de un pasaje del libro. Pertenecer al Banquito supone adscribir a una serie de valores y aceptar las pautas del Manual de Trabajo, propuesta metodológica basada en el concepto de “comunidad organizada”, que le fuera inspirada a Perón por el estado mussoliniano, durante la estancia del caudillo argentino como agregado militar en Italia.

El prestatario del Banquito no es un mero emprendedor que accede a un préstamo para poner en marcha su negocio. La idea de “participación” es clave. Explica el autor:

“Para participar hay que ser un buen prestatario, y un buen prestatario es el que participa y, además, se compromete. Se trata de un compromiso que se construye a lo largo del tiempo y que implica, en principio, el compromiso con los compañeros de grupo solidario, con los valores y las pautas culturales del banquito y que luego se transformará en algo más amplio: un compromiso con el proyecto”.

Y luego: “Para recibir un crédito del banquito no sólo hay que presentar un proyecto, sino además sumarse a un Proyecto”.

Los promotores locales, combinando una doble condición de asesor de crédito y animador comunitario, cumplen una función estratégica. Ellos trabajan en el barrio y ven cómo viven y trabajan los prestatarios. Las jornadas de capacitación y reuniones en los centros locales “operan como fuentes de información”. Quién le debe a quién, si pagó o no, para qué se está usando el dinero, etc. A una prestataria de la provincia de Entre Ríos, a la que se le reprochaba no trabajar ni producir, se le llegó a incautar la máquina de coser que había comprado con su primer crédito.

En la visión del Banquito, un prestatario que no participa ni se compromete con la filosofía del proyecto es estigmatizado. Alguien que usó su primer crédito para instalar un aire acondicionado en su casa no merece pertenecer al grupo. Koberwein admite que “hay determinadas formas de usar el dinero que son consideradas como deshonestas en el marco de la lógica del programa, pero que difícilmente lo serían en otros contextos”.

Promotores y prestatarios acaban por conformar redes duraderas de socialización, de las que es difícil sustraerse al control. María, una informante durante el trabajo de etnografía, reconoció al autor que “yo ya terminé de pagar el crédito, pero sigo yendo igual a tomar mate con las amigas que hice en el banquito”.

El libro repite una y otra vez la consigna de la participación y lo que se llama la “vida de centro”. “Si no, el banquito se cae”, se lee recurrentemente, a modo de estribillo del texto. Quien no asiste a las reuniones del centro, quien desaparece, “es potencialmente peligroso porque nadie sabe nada de él”.

Como se dijo, tal adhesión comporta una dimensión política. En rigor, el ciclo del crédito no termina cuando se cancela la deuda: “Quienes comenzaron el ciclo como prestatarios, son luego nominados y fundamentalmente interpelados en tanto emprendedores de ese Proyecto (Nacional y Popular)”.

Tal dimensión se pone de manifiesto en los encuentros provinciales o nacionales, “expresión del igualitarismo y la visibilización de jerarquías”, como señala el autor. Allí abundan teatralizaciones donde los “enemigos” del banquito (los Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional, todo aquél que se oponga al Proyecto Nacional y Popular) son objetos de escarnio y burlas ritualizadas. Los encuentros dan lugar a todo tipo de efusiones: desde las protestas de lealtad al Proyecto, hasta el intercambio de besos y abrazos entre los miembros del grupo, con entonación de canciones prescritas de antemano en un cancionero. Como en la iglesia.

No sorprenden, así, las metáforas religiosas que apunta el autor, sugeridas ya desde el mismo nombre del Banco: “Los encuentros nacionales, tal como los hemos descrito, pueden ser entendidos como una forma de comulgar”. Si hay en este programa algo del orden de la fe, ésta no se reduce sólo al sentido de confianza en la palabra empeñada que propugna su metodología crediticia. Hay que creer -tener buena fe- que todo el entramado institucional-financiero del Banco es la expresión de una integridad moral y política: el pueblo-que-trabaja, la Nación.

Tal asunción no sólo es falaz: también es mistificadora. Si con Yunus teníamos un héroe mítico y un corpus de relatos autoevidentes, detrás de los cuales se encubrían intereses de captura capitalista sobre nuevos consumidores, con el Banco Popular de la Buena Fe tenemos el mito de la comunidad organizada y el relato de una parcialidad política que presume de totalidad. Operación sinecdóquica típicamente peronista, por otra parte.

Pintura de época

El libro es un abordaje antropológico de un programa de microcrédito en Argentina, pero se lo puede leer como más que eso. Creo que es una buena pintura de época, la Argentina de la última década. Seguramente no ha sido algo deliberado, pero es bondad del libro (la posición ideológica del autor parece ser empática con su objeto, si bien el método etnográfico de observación participativa dota al texto de una ambigüedad estructural).

En primer lugar uno ve los dramáticos efectos sociales que dejó en el país el ensayo del neoliberalismo, clausurado con la crisis de 2001-2002. No es difícil imaginar que muchos de los prestatarios del Banco Popular de la Buena Fe son contingentes sociales expulsados por las políticas económicas que dominaron en la década del ’90. Y en segundo lugar uno ve con claridad el ciclo kirchnerista, con sus logros y sus flaquezas. Incluso el pasaje histórico que rodeó la producción del texto es perfectamente legible y coincide con el éxtasis movimientista (la muerte de Néstor Kirchner, en 2010) y el mayor éxito electoral (2011).

El libro deja ver lo bueno de esta última década: la preeminencia de las políticas sociales, el protagonismo del Estado en el diseño de políticas públicas, cierta indocilidad contra lo que se pretende “natural” por parte de los discursos hegemónicos. Pero también deja ver sus extravagancias (la pedagogía populista de Buenos y Malos, ampulosidades retóricas, cierta negatividad rabiosa) e invita a reflexionar sobre las limitaciones de las gestiones de gobierno de los últimos años. Luchar contra la pobreza no es sólo incluir, sino también asegurar condiciones macroeconómicas que permitan el fortalecimiento de un mercado, que alienten la inversión y la generación de riquezas. Algo que el kirchnerismo parece desdeñar.

En tal sentido, el Banco Popular de la Buena Fe que nos presenta el libro de Koberwein no se comprende como la articulación de dos lógicas, la del mercado y la del Estado. Su concepción es la de una fracción política mimetizada con el Estado, mimetizada con la Nación. Y el sujeto que presupone es un sujeto “interpelado”, domesticado, vigilado, auto-fascinado en su relato, estigmatizado ante el menor signo de insubordinación. Cuando en verdad una política pública de microfinanzas, si es consecuente en su afán de contribuir a la lucha contra la pobreza, presupone individuos autónomos, que puedan desplegar libre y plenamente todas sus capacidades.

Referencia

Microcrédito, relaciones personalizadas, economía y política. El crédito para los pobres, de Bangladesh a la Argentina (por Adrián Koberwein, Editorial Antropofagia, 2012, Buenos Aires)

Otras obras del autor

El microcrédito como política social y como proyecto político. Confianza, participación y compromiso en el Banco Popular de la Buena Fe (en co-autoría con Samanta Doudtchitzky, Editorial Antropofagia, 2010, Buenos Aires)

El mito del crédito para los pobres: el mito-crédito. Análisis de la producción de una ‘nueva’ forma para erradicar la pobreza (Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 2011)